​La Soledad de Ramón de la Rosa

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Por Rubén Moreta


La soledad suele ser un castigo devastador para los políticos, artistas, deportistas y gentes en general que han alcanzado figuración pública.


La soledad, arrasa a los individuos emocionalmente, con un inverosímil azote melancólico. “El infierno está todo en esta palabra: soledad”, dijo cruelmente el poeta Víctor Hugo. Ese dictamen brutal del bardo no se puede refutar, por su certeza y ribete dogmático.


La soledad es castigadora y los inteligentes –si son tales- la alcanzan a ver vestida con ropa gris y látigo empuñado. La embriaguez del poder no se la deja ver a los políticos y así poder anticiparse y prepararse para su triste llegada e insufrible embestida. Y es tarde cuando reaccionan y luchan por alejarla, tratando de reconquistar a desertores o querer atraer nuevos adláteres.


“Estoy solo y no hay nadie en el espejo”,escribió Jorge Luis Borges, y eso al parecer le está sucediendo al político más exitoso de San Juan: Ramón de la Rosa, quien ha sido abandonado por sus amigos que constituían su guardia pretoriana.


De los distanciados de Ramón, subrayo a tres que nunca pesé le darían la espalda al exgobernador y exsenador de San Juan, por su dilatada, fraterna y supuestamente “indestructible” relación, que parecía hasta “familiar”. Ellos son Julio César Bugué, Carlos Julio Orozco y Radhames Valenzuela.


Créanme que nunca pensé que este trío se desmarcaría del sultán de Jínova o la Muralla, como lo apodan. Pero hoy –la dura verdad- es que Bugué, Orozco y Valenzuela tienen otra cobija, “donde sí hay power”, dirán ellos. Cosas veredes, amigo Sancho.

El autor es periodista.

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