La escuela: ¿Cárcel o libertad?

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CORDONES





Siéntate, cállate, no me respondas a lo que digo, lo tienes que hacer porque soy el maestro/a; sí, tu resultado es correcto, pero esa no es la forma de hacerlo. ¡No corran en los pasillos!, te quedas sin recreo, voy a llamar a tus padres, si te portas bien te pongo buena nota, vamos todos a repetir «la suma es...», te vas a quemar en el examen, menos diez por estar hablando en clase, no sirves ni para el ejercicio más fácil, ven fulanito, hazlo; saquen el cuaderno que voy a dictar, estudien para que sean alguien en la vida. Podría continuar, hay una lista casi interminable de ellas, son esas palabras que nuestra querida escuela nos brinda, que nos marcan y configuran la manera de aprender.


Cada ser humano es único, ya sea por su ADN, su historia personal o lugar de procedencia, todos somos irrepetibles, no hay nadie en el mundo como nosotros. Eso lo saben los grandes filósofos, los que investigan en educación, los pedagogos, los filólogos, matemáticos, historiadores, científicos, los psicopedagogos, incluso los «grandes» que hacen el famoso currículo, sin embargo, cada vez más se lucha por estandarizar a todos, ¿lo han pensado?, creación de un uniforme, escuelas sectorizadas por sexo, todos sentados en filas que deben estar simétrica y perfectamente alineadas, libros de textos donde todos tenemos que aprender lo mismo, al mismo ritmo, bajo las mismas circunstancias, sin ajustarse a necesidades particulares, sin tomar en cuenta el propio sentido motor del alumnado.


Todo lo que hoy conocemos en algún momento se inventó, la educación pública, gratuita y obligatoria no es la excepción. En la antigua Grecia, donde se especula nacieron las primeras escuelas, había dos bandos por así llamarlos, Atenas y Esparta. En Atenas se educaba para la paz, la democracia, no existía la escuela, la educación se daba en espacios libres y era propiciadora de comunicación, experimentación y reflexión; la educación obligatoria era cosa de esclavos. Esparta por su parte educaba para la guerra, el combate, la competencia, la consecución de objetivos, si no pasabas una prueba eras desechado, el “estado” se deshacía de ti porque no cumpliste los resultados esperados, había fuertes castigos, y moderaciones de conducta.


¿Suena Esparta a la realidad que se vive en las escuelas dominicanas?

No fue hasta el movimiento llamado «despotismo ilustrado» (creo que esta palabra por sí sola causa pavor) donde se creó este concepto de escuela pública, gratuita y obligatoria. ¿Qué buscaba este primer sistema educativo? Un pueblo dócil, obediente y preparado para las guerras que se pudiesen producir, no se tomaba en cuenta el disfrute, el juego era utopía, la libertad de aprender un deseo fugaz.


Lo interesante es que el sistema educativo que tenemos actualmente proviene de ese despotismo ilustrado, y entiendo que ahí está el problema del sistema educativo actual: se ha teorizado mucho, se ha intentado cambiar muchas cosas, sin embargo, la lente no está en el foco correcto, el cimiento no está estable, la piedra angular, la base, el centro del cambio no se encuentra solo en las teorías escritas, sino en cambiar el fondo, la esencia, en cambiar la fuerza motora, en deshacerse de un enfoque del siglo XVIII, en reinventar la chispa que enciende la llama de lo hermoso y divertido que supone el aprender.


Con estas palabras no pretendo hacerme ver como el maestro perfecto. En el primer párrafo empecé escribiendo frases que marcan y no para bien, admito que como maestro dije algunas de ellas, no obstante, es solo a través de la reflexión y del cuestionamiento que realmente se puede cambiar. Lo que pretendo es suscitar la reflexión y que de alguna forma empecemos a cuestionar lo que está pasando con la educación en nuestro país.

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