La "sopita" y su vínculo con el llamado “enemigo silencioso”

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DIARIO EL MATERO, SANTO DOMINGO, República Dominicana.- La sopita forma parte de la consciencia gastronómica de nuestro país: se usa en locrios, moros, espaguetis, caldos, habichuelas guisadas, revoltillos y en muchas otras comidas. Además de ser uno de los condimentos más demandados, es añorada por los hijos y las hijas de esta tierra cuando emigran, como lo reveló la “Investigación de mercados de productos nostálgicos para la comunidad dominicana en los Estados Unidos”, realizada a finales de 2010 por la Dirección de Comercio Exterior del Ministerio de Industria y Comercio.


Si la sopita es parte de la cultura dominicana, ¿por qué no dejarla tranquila —se preguntarán ustedes— para que siga esparciendo su toque casi mágico de sabor a los platos a los que se añade y prodigando a las “tres calientes” el gustico al que nos tiene acostumbrados?


Según expresa la doctora y docente universitaria, Francini Placencia, en su artículo La dañina cultura de la sopita,el inconveniente que tienen estos productos está relacionado a la cantidad de sal que se les agrega.


En el documento - del que se desprende la introducción de esta nota -, Placencia destaca que la sal es un mineral formado por los elementos químicos sodio y cloruro, siendo el primero el componente “problemático”.


En ese orden, sostiene que “a pesar de ser fundamental para la transmisión del impulso nervioso, la contracción muscular y para la absorción de nutrientes a través de las membranas celulares, entre otras funciones, su ingesta elevada tiene una relación causal con la hipertensión arterial, uno de los principales factores de riesgo cardiovascular”.

A continuación, el artículo íntegro de Francini Placencia:


La dañina cultura de la sopita


Por Francini Placencia.


Si bien su origen como método de conservación de alimentos se remonta al siglo XVIII, el caldito de pollo, mejor conocido como sopita, llegó al país en los albores de los cincuenta con la exótica denominación de “chicken bouillon” impresa en la etiqueta. Con el paso del tiempo, esta forma deshidratada y concentrada de caldo de carne y verduras se adueñaría de las cocinas dominicanas con tal fuerza que muchas amas de casa creen, a pie juntillas, que sin sopita no se puede cocinar.


El convencimiento colectivo de que un pequeño ortoedro es reservorio del gusto y summum del sabor de la comida criolla no es casual: es consecuencia de intensas campañas publicitarias, tan agresivas, que la introducción, hace unos años, de marcas que hicieron competencia a las que durante décadas dominaron el mercado en diferentes países de Latinoamérica devino en la llamada “guerra de las sopitas”, pugna comercial entre las empresas que buscaban repartirse un pastel de grandes dimensiones.

El informe “La calidad de la dieta en República Dominicana”, realizado por el Instituto de Nutrición de Centro América y Panamá (INCAP) y la USAID en el 2013 a partir de la Encuesta nacional de ingresos y gastos de los hogares (ENIGH) de 2007, determinó que el caldo de pollo estaba disponible en el 60% o más de los hogares, sobre todo en los de las regiones sur y este y en los de nivel socioeconómico bajo y medio. Como esta clase de estudio emplea la disponibilidad de los alimentos como aproximación al consumo, los resultados obtenidos apuntan a que en ese momento en más de la mitad de los hogares se cocinaba con sopita.


Para la actualización del comportamiento poblacional en torno a las sopitas será necesario esperar la explotación de la base de datos de la ENIGH (o ENGIH) 2018, investigación recientemente publicada por el Banco Central; no obstante, si se considera que, según el documento “Aprendiendo a enfermar” (Justicia Alimentaria, 2019), en el país la venta de alimentos ultraprocesados creció 35% en el periodo 2000-2013 y que, según pesquisas de mercado, el segmento de sazonadores y aderezos es uno de los que ha experimentado mayor expansión, podría hipotetizarse que hoy son consumidas en más del 75% de los hogares dominicanos.


En línea con esta estimación, la información provista por las propias empresas fabricantes indica que República Dominicana es uno de los países con mayor consumo de sopitas por persona. De acuerdo con un artículo publicado en 2015 en el periódico El Dinero, ocupamos el segundo lugar —solo nos superan algunas naciones africanas—, con una utilización de 6000 toneladas por año. Se calcula que el valor del mercado del caldo de pollo en la isla de Santo Domingo ascienda a 100 millones de dólares anuales.


Estas cifras explican por qué los estrategas de la publicidad renuevan, periódicamente, el producto. Así, y para mantener al consumidor entusiasmado, le ofrecen una paleta en la que cada gusto encuentra un tipo de sopita para satisfacer al paladar: de pollo, gallina, res, cerdo (chuleta o costilla), pescado y hasta de camarones; una variedad tiene tomate y otra está revestida de verduras.


Algunas vienen en polvo o combinadas con otros condimentos como achiote (bija) o cilantro. Las hay con un toque de picante y casi todas se esfuerzan en demostrar que la tableta se disuelve con facilidad — y, por tanto, no se queda pegada a los dedos—, evidencia de su bajo contenido de grasa. En fin, que las sopitas han mostrado tal capacidad de reinvención que, de seguro, no habrá que esperar mucho para que los creativos de la industria de comestibles ideen su próximo avatar.


Sodio, sopita y enfermedades cardiovasculares


La sopita forma parte de la consciencia gastronómica de nuestro país: se usa en locrios, moros, espaguetis, caldos, habichuelas guisadas, revoltillos y en muchas otras comidas. Además de ser uno de los condimentos más demandados, es añorada por los hijos y las hijas de esta tierra cuando emigran, como lo reveló la “Investigación de mercados de productos nostálgicos para la comunidad dominicana en los Estados Unidos”, realizada a finales de 2010 por la Dirección de Comercio Exterior del Ministerio de Industria y Comercio.


Si la sopita es parte de la cultura dominicana, ¿por qué no dejarla tranquila —se preguntarán ustedes— para que siga esparciendo su toque casi mágico de sabor a los platos a los que se añade y prodigando a las “tres calientes” el gustico al que nos tiene acostumbrados? El inconveniente es la cantidad de sal que se le agrega, incluso a aquellas cuyos fabricantes pregonan que contienen ese compuesto “en punto”.


La sal es un mineral formado por los elementos químicos sodio y cloruro. El componente problemático es el sodio: a pesar de ser fundamental para la transmisión del impulso nervioso, la contracción muscular y para la absorción de nutrientes a través de las membranas celulares, entre otras funciones, su ingesta elevada tiene una relación causal con la hipertensión arterial, uno de los principales factores de riesgo cardiovascular.

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