El lenguaje y los lenguajes de la posverdad

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El lenguaje como capacidad únicamente humana que se encuentra en la tercera circunvolución del lóbulo frontal izquierdo se debe al francés Paul Broca de finales del siglo XIX. Se trata de una concepción racionalista con la que –por ensayo y error– el mencionado neurofisiólogo describió por primera vez dos áreas (Brodman: 44, 45) que hacen posible la expresión, verbal y no verbal, del pensamiento.


Posteriormente, este descubrimiento permitió a Ferdinand de Saussure hacer la separación entre lenguaje, lengua y habla. Con tal parcelación, mostró que el estudio racionalista de la lengua era posible, pero dejando fuera al lenguaje y a los hablantes y hablares o lenguajes (plural).


Mientras el lenguaje (singular) refiere a la capacidad únicamente humana de comunicación –visión racionalista– los lenguajes se entienden como “universo de universos comunicativos”, desde una perspectiva empirista y, por tanto, social, antropológica, cultural, psicológica, pragmática y discursiva (Pérez, O. 13 de abril de 2018, Acento.com.do).

Los estudios de los lenguajes resultan de mayor riqueza cognitiva que el estudio racionalista del lenguaje-lengua. Es en los lenguajes que se construye el neologismo filosófico de la posverdad. Además, en ellos el aprender/aprendizaje y el conocer/conocimiento son más abundantes y diversos. Esto se debe a que, como enseña el materialismo histórico, los esquemas mentales se desarrollan en la interacción de los sujetos entre sí y con su medio natural y social.


En otras palabras el lenguaje se desarrolla en la trilogía hablar/habla/hablante que a la vez se constituye en producción/producto del lenguaje y de los contextos socioculturales (Coseriu, E. 2001). Por supuesto, el conocimiento de la estructura del sistema que ofrece la perspectiva racionalista –a la que Saussure llama lengua– aunque de corta visión, también es necesario como corpus de saberes de los estudios cosmolingüísticos (lenguajes verbales y no verbales y sus interacciones sígnicas).


Una tendencia observable en los estudiosos del presente, consiste en circunscribirse al estudio del sistema lingüístico, negando toda otra posibilidad de estudio dentro de los universos comunicativos del lenguaje. De este modo, estos analistas afirman que “no son lingüistas quienes no hayan grabado a dos o tres sujetos en la calle o en el campo para luego sentarse a contar y a segmentar enunciados, proposiciones, sintagmas, morfemas, fonemas”, etcétera.

La otra tendencia se opone a la primera. Abarca a los estudiosos de lenguajes que no creen en el análisis de la estructura del sistema lingüístico. Para estos segundos pensadores todo se resume a macroestructura semántico/pragmática, soslayando así el estudio de las estructuras gramaticales y “fonetológicas”.


Tanto la primera tendencia como la segunda son ideológicas. Se acercan a la posverdad, ya que no es posible oponerse a lo desconocido. Lejos de rechazar a ciegas cualquiera de estas tendencias es necesario aprenderlas.

Una vez entendidos los conocimientos sobre el sistema, se hace necesario seguir removiendo otros hablares o lenguajes, no sólo para describir su estructura a secas, sino para comprender el pensamiento verdadero que se expresa a través de sus significantes (verbales y no verbales).


Una tercera tendencia se evidencia en la actividad de descontextualizar fragmentos de libros y artículos para manipularlos y concluir, erróneamente, que el autor o los autores desconocen determinada teoría o datos fundamentales del área del saber en cuestión. De las tres tendencias anteriores, esta es la más cruel e injusta, sobre todo, cuando quien publica la “crítica” es un personaje al que se supone se le debe cierto respeto intelectual.

Esta es una de las razones por la que la lectura crítica de textos actuales debe ser una actividad constante en las aulas. No basta con creer y difundir lo que un famoso gurú de las ciencias del lenguaje haya dicho o escrito. Hay que someter a escrutinio epistémico y axiológico todo lo que se dice y escribe.


La forma inadecuada de abordar teorías y prácticas discursivas se constituye en discurso de posverdad del lenguaje y de los hablares, y es nuestro deber desenmascararla, en nuestra función de cosmolingüista y docente de ciencias del lenguaje (Andrés Merejo, 2017: La dominicanidad transida, entre lo virtual y lo real).


Para ello, podría empezarse planteando algunas preguntas. He aquí algunos ejemplos: ¿por qué EEUU declara la guerra a Siria? ¿Son verdaderos patriotas los dominicanos que así se autoproclaman? ¿No son patriotas quienes defienden el cumplimiento de las leyes fronterizas y el cuidado a la dignidad humana de cualquier persona sin importar su credo, nación, color de piel, sexo, etcétera?


Luego procede reunir textos a favor y en contra. No sería sano conformarse con los primeros datos que pasen por la vista. Hay que leer también la historia de los autores de los textos y compararla con la “moral” que demandan en su discurso. Tampoco sería sano que como docentes impusiéramos nuestro criterio, sin previa lectura razonada intersubjetivamente.


En definitiva, enseñar a nuestros estudiantes a descubrir el lenguaje y los lenguajes de la posverdad debe convertirse en una de las tareas fundamentales de las aulas del presente. Por supuesto, una afrenta de este tipo que implica sistemáticas y diversas lecturas, es un imposible en países del sexto mundo. Sin embargo, como una vez dijo el lingüista, Celso Benavides: “cuando tengas una buena excusa, recházala, porque con excusas no se logran metas”.

(Dedicado a mis amigos Odalís G. Pérez y Andrés Merejo)



Por GERARDO ROA OGANDO



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